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Miles de personas comenzaron a padecer los mismos síntomas. Lo que primero parecía un simple herpes labial, evolucionaba a un sarpullido por toda la cabeza, y finalmente una sarna corporal. Los Servicios Sanitarios de la Comunidad de Madrid estaban desbordados. El Anquitrax, el único medicamento eficaz para curar la enfermedad, hacía una década que había sido descatalogado en España, al combatir un virus propio de países subdesarrollados. Los gobiernos de Bolivia, Perú y Guinea Ecuatorial respondieron a la petición de ayuda de la Presidenta de la Comunidad, y enviaron provisiones. A pesar del humanitario gesto, el número de medicinas no fue suficiente para tratar a todos los afectados. Muchos de los pacientes, hartos de esperar a ser atendidos, recurrieron a técnicas tradicionales que habían oído a sus abuelos pero nunca habían practicado, y diariamente aliviaban sus picores con barro húmedo y orina. Los rudimentos en el método contagiaron paradójicamente los usos y costumbres durante aquellos días, y los madrileños vestían haraposamente, descuidaban su aseo y abandonaron cualquier tipo de educación y compostura. El brote trajo como curioso efecto secundario un generalizado estado de embriaguez. Los médicos apuntaron como causa de la epidemia a una corriente de aire subsahariano que azotó la ciudad una semana antes. Los grupos ultraderechistas no dudaron en culpar a la creciente inmigración latinoamericana que trabajaba en la construcción y los servicios de limpieza. Otros partidos de extrema izquierda sospechaban que podía ser un ataque terrorista bactericida, como consecuencia de la presencia de las tropas españolas en Oriente Próximo. Al decimoséptimo día, un increíble descubrimiento torció las hipótesis apuntadas hasta el momento: todos los afectados por el virus eran usuarios de la línea 10 de metro, que se apeaban del tren en las estaciones comprendidas entre Alonso Martínez y Chamartín, el centro financiero y laboral de la capital. Era septiembre y la gente acababa de reincorporarse a su puesto de trabajo tras un largo y apacible mes de vacaciones. Sin embargo, se prefirió echar la culpa a las ratas. |