He vuelto a hacerme un interraíl, y ha sido de lo mejor que me ha pasado en lo que va de año: dos semanitas perdido por Suiza, Austria y Alemania, visitando Basilea, Olten, Lucerna, Zurich, las cataratas de Rheinfall, Munich, el castillo de Neuschwanstein, Salzburgo, Viena, Frankfurt, Colonia, Aquisgrán, Hamburgo y Berlín (creo que no me dejo nada). Sólo por ver cómo se tira la familia de los pelos al ver las espectaculares fotos, o la envidia que causa a todos tus amigos y conocidos, siempre vale la pena hacerse un interraíl.
Nosotros temíamos que el Mundial de Alemania nos amargara el viaje, al estar todos los albergues ocupados o, peor aún, que ganaran ellos el Mundial, lo cual nos garantizaba un país en perpetuo jolgorio y echado a la calle, imposibilitando nuestro turismo. Al contrario, hizo del viaje una experiencia única: la final nos pilló en Frankfurt y, aunque se celebró en Berlín, nos encontramos con una ciudad en fiesta, con la feria más grande que he visto en la vida, y con una noche de marcha inolvidable. Vivir aquel ambiente fue fantástico.
Pero más suerte tuvimos en Berlín, cuando, después de dos años sin celebrarse, nos topamos con el Love Parade: ¡aquello fue el colofón del viaje!
Pero empezaré por el principio, Suiza. No sé si habéis estado, pero Suiza a mí me pareció un país de mentira: las casas impolutas, sin una gotera, sin una mancha, sin la más mínima grieta; la hierba de los campos completamente segada; ni un papel en el suelo, todo amabilidad y cortesía. Sí, es bonito, pero en absoluto auténtico. A Suiza le falta veracidad, es un país que no me creí, a excepción de Basilea, que tengo que decir que es una de las ciudades más bonitas que he visto y con muchísima personalidad.
Las cataratas de Rheinfall son las más grandes de Europa, pero la verdad es que decepcionan, a mí en absoluto me impresionaron. También es verdad que llegué allí con una diarrea de tres pares de cojones, y tras haber recorrido medio Suiza en un día (es un país muy pequeño, del tamaño de Madrid, con ciudades que se ven rápidamente).
Munich fue quizás la ciudad que más me gustó de las que vi. Es una especie de Sevilla alemana, capaz de guardar todas las tradiciones de antaño sin dejar de ser una gran y moderna metrópoli. Munich lo tiene todo: un centro histórico envidiable, un río en el que los ciudadanos pueden bañarse, una ordenación del tráfico que permite ir en bicicleta a cualquier parte (aunque esto pasaba en casi todas las ciudades que visitamos), zonas verdes (crédulo de mí, que pensaba que Madrid era una de las ciudades con más zonas verdes de Europa), un bar histórico donde emborracharse a cerveza (el HB, donde robé el debido vaso) y muchísimo encanto en general.
A hora y media de Munich se encuentra el castillo de Neuschwanstein, uno de los sitios más increíbles en los que he estado. Construido por un rey que estaba completamente chiflado, Luis II, el Castillo de Blancanieves de Disneylandia está basado en él. Su emplazamiento y estructura son imposibles, y sin embargo ahí está.
Salzburgo y Viena me decepcionaron un poco, la primera más bien porque hacía mal tiempo, llevábamos prisa y no me encontraba muy bien; la segunda, porque no tiene nada que pueda clasificar de extraordinario: nuestro Palacio Real, La Granja, etc, etc, no tienen nada que envidiar a los palacios de Sissi y compañía.
Frankfurt sí me sorprendió. En la guía ponía que era un sitio más bien soso, y la verdad es que nadie me había hablado bien de él, pero llegar de noche, encontrase que todo el mundo está viendo la final del Mundial en una tele enorme situada en medio del río, con una feria de 3 km a ambos lados del Main, y bajo los rascacielos más altos de Europa... pues tiene su gracia.
Y paso directamente a Berlín, para no aburriros. Berlín es una ciudad completamente reconstruida tras la II Guerra Mundial, por lo que puede decirse que es una ciudad bastante nueva, y sin embargo, posee un poderoso magnetismo, propiciado quizás por la cicatriz que el muro dejó en la ciudad, y que en mi opinión es lo que le da su atractivo. Berlín es una ciudad que, mires donde mires, parece herida, y sus habitantes parecen estar en plena lucha contra la agonía, bien por medio de la evasión (el típico berlinés es un chico con camiseta o pantalón paramilitar, paseando a su perro y con un botellín de cerveza), bien a través de la austeridad (“vivir para trabajar”).
Tuvimos la suerte de alojarnos en el Berlín Este, que a mí me pareció el más atractivo, porque sigue teniendo ese halo comunista, en el que la gente hace vida en la calle. Las casas tienen enormes patios, que hacen las veces de plazas, donde conviven los vecinos. Y puedes disfrutar de graffitis que son auténticas obras de arte. Pero lo mejor son las pintas de los jóvenes alemanes, que me atrevo de clasificar de ultramodernas: saben combinar a la perfección y sin caer en el barriobajerismo la ropa del H&M con la del mercadillo, y tienen peinados de corte desigual pero desenfadados, no al estilo todo-estudiado de Operación Triunfo. Un estilo punk-casual delicioso.
Y como anuncié, la guinda del viaje fue el Love Parade, una experiencia única y mágica.
Lo peor de todo es la vuelta, volver a trabajar, tener que quedarte currando dos horas más porque se ha ido la luz y que tu jefe te exija recuperar el tiempo... las pequeñas miserias del día a día.
Viajar es de lo más hermoso que hay: aprendes, te diviertes, conoces sitios y personas y dejas aparcada durante una quincena tu vida, para poder realmente vivir. |